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| Las manos del artista |
Sábado. Llueve. Nubes. Temperatura alta y humedad. Día pesado. Salís a la placita que está a 7 cuadras de tu casa, en Pelliza y Juan B Justo, Olivos. Shuka (tu hermosa hija pitbull marrón de 2 años) está inquieta y te busca para jugar. No estás con demasiado ánimo pero la sacás igual. Tal vez te despeje de tus pensamientos. Es uno de esos días donde te asalta la crisis existencial que a los 30 se vuelve más intensa. Estás muy consciente de vos, de tu vida, de las cosas que querés, y si bien festejás tus logros, también hay una realidad y es que la naturaleza tiene tiempos propios que no siempre coinciden con los de tu mente.
Salís. Caminás tironeando a Shuka,
porque cada vez que enfilás para la plaza ella redobla su fuerza,
agarra su correa, y vos terminás flameando atrás.
Llueve. Te salpica el agua de abajo de
las baldosas.
En la calle hay dos o tres personas.
En la plaza unas cuatro, contando 3
nenes chiquitos.
De pronto llega el señor del perrito
blanco. Ya lo habías visto antes, hace mucho tiempo. Pero no lo
habías vuelto a ver. Es uno de esos hombres adorables, con la camisa
de manga corta y sus pantalones bien planchados. El perrito resultó
perrita y se llama Areca. Es chiquitita y tiene 11 años. Muy
tranquila, siempre se queda acostada mirando el paisaje mientras que
Andrés lee.
